Una mirada desde la economía a los problemas ambientales

El complejo problema de la contaminación ambiental es abordado, cada vez más, desde nuevas y diversas disciplinas. Y la económica, desde ya, no podía quedar afuera. Así fue como, puestos a dar su opinión al respecto, especialistas en ambas materias se reunieron en la jornada denominada “El aporte de las ciencias económicas ante los desafíos ambientales del siglo XXI”, organizado por la Facultad de Ciencias Económicas. Allí dejaron bien en claro su postura, a la vez que la respaldaron con números contundentes, y trazaron los lineamientos a seguir para poder hacer frente a la problemática en la que se encuentra la ecología.

“Las empresas son, sin dudas, unas de las grandes responsables del deterioro que se produjo en el medio ambiente. Y tienen la facilidad de depredar y esconderse. Puede haber un enorme derrame de petróleo, que muchas veces no pasa de una pequeña información periodística. También tienen responsabilidad en la contaminación sonora y con el aire que respiramos. Y esto es importante porque el ambiente no tiene periodicidad, es un fenómeno que cotidianamente y en forma ininterrumpida está influyendo en nuestra calidad de vida y en la de todas las especies”, sostiene Héctor Larocca, director del Centro Nacional de Responsabilidad Social y Empresarial y Capital Social de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA.

A la hora de poner nombres propios, los eufemismos no se hicieron presentes. “Hay estudios que afirman que más del 60% de los gases que provocan el efecto invernadero son producidos por empresas. Y más del 30% son públicas, como las petroleras estatales de Rusia y de Arabia Saudita. Por su parte, Mc Donalds, con la implementación de su vajilla descartable, fue la primera empresa en externalizar costos de su producción. Es decir, el ahorro que generan al utilizar los envoltorios de papel, las cajas de cartón y los vasos de plástico es, justamente, la ganancia extraordinaria que tienen estas empresas por derivar sus costos, de los cuales nos hacemos cargo nosotros. El Estado gasta mucho más en recolectar y en tratar estos residuos, porque las empresas se lo ahorran”, afirma Julián D’Angelo, coordinador del Centro Nacional de Responsabilidad Social y Empresarial y Capital Social de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. Y agrega: “Antes de que las empresas dejen de producir todos estos materiales descartables, nosotros tenemos que dejar de demandarlos”.

Por su parte, Miguel Lozupone, coordinador del Programa Climático de la Universidad de la Defensa Nacional, hizo referencia a las consecuencias futuras a las que podríamos enfrentarnos: “Si el calentamiento global sigue a este ritmo, para el 2050, por ejemplo, va a haber una escasez muy grande de agua dulce, que solo va a alcanzar para el 60% de lo que se la va a necesitar. Además vamos a tener problemas muy grandes en la agricultura y la ganadería, porque la temperatura en la llanura pampeana va a llegar a los 50ºC y la soja, tal como la conocemos hoy, no podría cultivarse. Es probable que se pueda desarrollar una tecnología rápida y económica que pueda desalinizar el agua de mar y otra para lograr cultivar soja a altas temperaturas, pero no podemos esperar que la tecnología nos resuelva los problemas todo el tiempo, primero porque no sabemos si lo va a poder hacer, y segundo porque, llegado el caso de que así fuere, eso tiene un costo que nos va a afectar la calidad de vida”.

¿Cómo seguimos?

En la Argentina se generan anualmente 13 millones de toneladas de plástico y sólo se recicla entre un 10 y un 25%.

El análisis de la contaminación ambiental se relaciona, invariablemente, con las nuevas tecnologías. En este sentido, D’Angelo realiza un enfoque desde distintas ópticas: “En la ciudad de Buenos Aires se genera un promedio diario de 1,5 kilos de basura por día por persona. Y, cada vez más porcentaje de esa basura, tiene que ver con residuos electrónicos. Hay empresas que ganan muchísimo dinero vendiendo celulares, notebooks, pilas, etc. Y no se hacen cargo de lo que sucede luego con esos productos en desuso. Tenemos la necesidad de que, cada vez más, estos residuos sean reincorporados a la industria, y que las propias empresas que los producen se hagan responsables de esto. Hoy, por ejemplo, la Argentina no tiene la capacidad para reciclar pilas: Todas las campañas al respecto son voluntaristas y no se puede dar una respuesta al respecto”.

Por otro lado, el especialista en responsabilidad social sostiene que, como casi siempre en estos casos, la tecnología tiene su lado positivo, siempre dependiendo el uso que se le dé: “Cuando decimos que las nuevas tecnologías están destruyendo empleos, también tenemos que decir que otras tecnologías innovadoras pueden generarlo. Las energías renovables generan muchos más empleos que las energías convencionales, como lo son el petróleo, el gas y el carbón. Sin embargo, los lobbies han logrado que Donald Trump, cuando el año pasado se retiró del Acuerdo de Cambio Climático de París, dijera que ese acuerdo le generaba la pérdida de 2,7 millones de puestos de trabajo. Lo que no dijo es que, solamente en 2016, en los Estados Unidos, se crearon 4,5 millones de empleos nuevos, de los denominados ‘verdes’, que tienen que ver con industrias sustentables, reciclado y energías renovables. Es mucho más el empleo generado, que el empleo perdido”.

Según Naciones Unidas, a nivel mundial, se compran 1 millón de botellas de plástico por minuto. Y cada año se usan 500 mil millones de bolsas de plástico. Además, se arrojan al mar 8 millones de toneladas de plástico por año. A este ritmo, para el año 2050, en los océanos va a haber más plásticos que peces. “En la Argentina mandamos a la basura, cada año, 13 millones de toneladas de plástico. La diferencia con otro tipo de basura es que más del 90% puede ser reciclado, pero en nuestro país solamente se recicla entre un 10 y un 25%. Es decir, tenemos la capacidad de reciclar plástico, pero nuestras plantas recicladoras trabajan al 50%, o sea que podrían reciclar el doble de lo que reciclan hoy en día”, razona D’Angelo.

“En los últimos 20 años la palabra economía ha venido adjetivándose en forma positiva con algunos agregados que van dando cierta información, acerca de que no hay una sola economía. Por eso hablamos de economía social, de economía ambiental, de economía solidaria, de economía del bien común. Posiblemente, esta evolución tuvo que ver con que el término clásico de la palabra, y su sujeto clásico que es la empresa, después de 150 años deja mucho que desear en su comportamiento”, sostiene Larocca, quien, para finalizar agrega: “Como dice nuestro maestro Bernardo Kliksberg, la naturaleza es un don de la divinidad, es un bien que nos ha adoptado para que nosotros lo adoptemos, gocemos de ella, intervengamos en ella, pero no la deterioremos”.

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