La economía y los prejuicios nunca se llevaron bien

Las decisiones económicas de las personas muchas veces están basadas en sesgos cognitivos que poco tienen que ver con la racionalidad. Y este comportamiento, en ciertos casos, puede terminar impactando en forma negativa en la macroeconomía del país.

Una forma de atacar el problema es contar con una unidad ‘conductual’ interdisciplinaria, con gente preparada, que se dedique a buscar formas de corregir, de a poco, estos problemas macros desactivando ciertos sesgos.

El rumbo de la economía de un país depende de muchas variables, pero hay una, quizás la menos visible, que tiene que ver con las decisiones individuales de sus habitantes, quienes no siempre lo hacen de la manera más racional. Lo que hace la economía del comportamiento es detectar y ocuparse de estos sesgos cognitivos o prejuicios que existen a nivel micro. La pregunta es si ellos también pueden tener impacto sobre los agregados macroeconómicos.

“Esta rama nace por la preocupación de algunos economistas y de psicólogos, sobre la mirada de la economía tradicional acerca de la conducta humana. La teoría tradicional siempre enfatizó la racionalidad pura del individuo. Por un lado, el consumidor tenía que tener como característica principal un egoísmo o interés económico para intentar ser lo más feliz posible, económicamente hablando. Por otra parte, se asumía que los empresarios siempre maximizaban ganancias. Además, los modelos económicos daban por sentada la idea de que los individuos tenían capacidades de cálculo fantásticas como para llevar adelante estos objetivos”, explica Pablo Mira, docente e investigador de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA.

“Luego, algunos psicólogos y economistas comenzaron a llevar a cabo varios experimentos y llegaron a la conclusión de que esto no era así. Ni los humanos éramos tan egoístas como se decía, ni tampoco éramos tan capaces. Y esto puso en duda algunas conclusiones tradicionales, porque se estaba partiendo de un supuesto erróneo. A veces la racionalidad funciona muy bien en la toma de decisiones económicas. Por ejemplo, si se grava con un impuesto del 50% a los plazos fijos, la respuesta de las personas va a ser salir corriendo a cancelarlos, sean más o menos racionales”, afirma Mira, que también es autor del libro Economía al Diván.

“Las irracionalidades individuales pueden terminar convirtiéndose en un problema para todo el sistema”, sostiene Mira.

La cuestión pasa a ser menos clara cuando las decisiones en juego son un poco más sutiles. “Eso es lo que sucede con las burbujas especulativas. La gente muchas veces invierte sin ninguna justificación racional. Alguna vez fueron los tulipanes, otras varias las acciones y, en la última crisis del 2007, las propiedades. Y puede darse el hecho de que la gente, comportándose en manada, sin ser muy alfabetizada financieramente hablando, compre por el simple hecho de que todos compran. Y estas cuestiones suelen terminar muy mal. Las irracionalidades individuales que se van agregando terminan en un problema para todo el sistema”, sostiene el docente.

Más cerca de la conducta económica local, el ejemplo más claro es el de la compra de dólares, cuenta Pablo Mira: “A diferencia de las demás burbujas, en la Argentina la gente exhibe conductas extrañas cuando se trata del mercado cambiario. Existe una tendencia de los argentinos a pensar que, cuando el dólar está barato, todo irá irremediablemente bien y que estamos encaminados al éxito. Los deciles más altos de la población tienen acceso a ciertos bienes y servicios que de otra manera no alcanzarían. Esta situación suele generar en la macroeconomía un bienestar transitorio, ya que, en este contexto de un dólar bajo, la inflación también desciende y el nivel de actividad empieza a recuperarse”.

“Pero muchas veces esto sucede debido a un tipo de cambio atrasado. La economía ingresa en una suerte de burbuja con final anunciado, porque un tipo de cambio demasiado barato hace que, ante la menor duda de su sostenibilidad, los agentes cambien bruscamente sus expectativas y se cubran demandando divisas, incluso contrayendo al máximo su gasto. Y esto tiene que ver con cierta lógica ligada a la psicología social. El sesgo aquí es que la gente se concentra excesivamente en el corto plazo, en lugar de considerar en el futuro un posible salto cambiario. Una posible explicación es que, mientras todo va bien, cada individuo espera mejorar su posición, ahorrar y comprar dólares antes de que sobrevenga la devaluación. Así, durante los buenos tiempos hay personas que invierten, se endeudan, encaran proyectos riesgosos, viajan y gastan de más”, detalla el docente.

¿Cómo reducir los sesgos cognitivos?

Ahora bien, ¿estos sesgos son inherentes al ser humano, o solo se dan en determinados contextos? La respuesta de Mira es clara: “Algunos son inherentes al ser humano, son conductas irracionales que podrían ser juzgadas como universales. Y hay otras que se activan según el contexto. En un país donde el dólar no es objeto de ahorro, es imposible que surja este disparador tal como sucede en la Argentina. No hay otro país tan afecto al dólar, fuera de los Estados Unidos, como la Argentina. Por eso suele haber una interacción entre naturaleza humana y contexto a la hora de la activación de determinados sesgos económicos”.

Mira es autor del libro Economía al Diván, donde realiza un cruce entre la psicología y la economía.

Siendo estas conductas sesgadas un problema para la macroeconomía, lo que estaría faltando sería una solución para remediarlo. Por eso Mira afirma que “ante estas conductas irracionales conviene llevar adelante políticas originales para amortiguar sus impactos y desalentar los sesgos. Para eso hay que ser sutil, a la gente no se la puede obligar a actuar de determinada manera, porque la reacción puede ser la contraria a la que se busca”.

“Un ejemplo reciente, que no tiene que ver con la economía, pero ayuda a entender cómo tratar algunos de estos problemas es la llamada Ley Justina”, dice el docente, y continúa: “A través de la promulgación de esta ley se logró que todas las personas sean donantes de sus órganos, salvo que dejen asentado que no desean serlo. Esto es, justamente, lo contrario a lo que sucedía antes de su sanción. A partir de su implementación, esta ley logró el efecto deseado de aumentar las donaciones sin tener que esperar que la gente tenga que ocuparse de un tema sobre el cual pesan varios sesgos irracionales. Pese a su importancia, son decisiones que, por su incomodidad psicológica, suelen dejarse para otro momento”.

También se puede trasladar esta problemática al área económica. “Un caso muy claro es el gasto de cada hogar en energía eléctrica, un tema micro que repercute en la macroeconomía de manera contundente”, explica Pablo Mira, y desarrolla: “Hay países que, junto con la boleta de la luz, te hacen llegar la información de que un vecino tuyo, cuya familia tiene una composición similar, gasta la mitad que vos. Muchas personas sintieron vergüenza social por gastar el doble, y empezaron a disminuir su consumo de energía eléctrica”.

“Apelando a esos sentimientos, y no solo a la racionalidad económica, se puede mejorar la situación. Una forma de atacar el problema es contar con una unidad ‘conductual’ interdisciplinaria, con gente preparada, que se dedique a buscar formas de corregir, de a poco, estos problemas macros desactivando ciertos sesgos. No es fácil ni es lo único que debe hacerse, porque la cuestión puramente económica sigue siendo muy importante y compleja, pero no hay razón para suponer que estas medidas no puedan contribuir a mejorar las decisiones de los seres humanos, que finalmente son más humanos que racionales”, concluye el docente.

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