La economía en zona de turbulencias

Según Daniel Heymann, la negociación con el FMI debería contemplar la solvencia a mediano plazo, el potencial de crecimiento y la oferta de dólares. “Necesitamos un tipo de cambio real compatible con un dinamismo mayor de las exportaciones y hay que atender la situación social”.

El economista Daniel Heymann, investigador del Instituto Interdisciplinario de Economía Política de Buenos Aires (IIEP), de la UBA y el CONICET, brindó una entrevista al sitio Saldo a Favor, de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, donde se refirió a la situación actual y el futuro de la economía argentina. Al respecto, sostuvo que cualquiera sea la manera con la cual se encare la política económica hacia delante, la situación es muy condicionada y las chances de expansión macroeconómica en 2020 son limitadas.

Según el economista, la evolución de las exportaciones va a ser uno de los elementos más importantes, en tanto la redefinición de la deuda pública es una operación complicada e incierta que genera una gran incertidumbre.

– ¿Dónde estamos parados hoy en términos macroeconómicos, y cómo podríamos llegar al menos hasta diciembre?

– Estamos atravesando una crisis donde por un lado tenemos urgencias y, por el otro, motivos y consecuencias que van más allá del corto plazo. El día a día es la naturaleza de las crisis. Pero a la vez se están jugando cosas que van más allá del corto plazo. Para ser concretos, estamos frente a tratativas respecto de la deuda pública que, por lo menos, van a redefinir las perspectivas de crecimiento de la economía en el mediano plazo y el establecimiento de una política fiscal compatible.

A diferencia de la Argentina, en otros países de América latina las variaciones del tipo de cambio no generan un efecto directo sobre los precios y sobre el salario real. La economía chilena es un ejemplo de ello.

Las opciones no son muchas. Cualquiera que sea la manera con la cual se encare la política económica hacia delante va a estar muy condicionada. Se puede intentar aliviar o morigerar los efectos para modificar un poco esos condicionamientos, pero existen.

En la Argentina, las crisis tienen una marca común, que es la escasez de dólares, cuyas razones que no son estrictamente de coyuntura, sino que se vienen de hace años. En 2019 las exportaciones van a crecer un poco en volumen. Pero la debilidad de las ventas al exterior ya lleva años. Este hecho se ha combinado con el hábito argentino de ahorrar en dólares para generar una gran escasez de divisas, en una economía donde cualquier intento de crecimiento es muy demandante de dólares. Por otra parte las situaciones de incertidumbre también incrementan la demanda de dólares, lo cual realimenta la perturbación.

Este patrón de comportamiento nos acompaña en una economía donde las variaciones del tipo de cambio generan un efecto directo sobre los precios y sobre el salario real, a diferencia de lo que sucede en otros países de América latina que no muestran un impacto de esa magnitud. En la Argentina, cuando sube el dólar, la tasa de inflación responde de inmediato, así como lo hace el salario real hacia abajo. O sea que en nuestro país la escasez de dólares genera efectos muy fuertes.

¿Cómo recibiría la economía el próximo Gobierno y qué margen tenemos para renegociar la deuda?

– El próximo Gobierno va a comenzar su mandato con una inflación alta, una recesión profunda, el salario real en caída, asociado con el aumento del tipo de cambio real, y una situación de deuda por reconsiderar en su totalidad, con tratativas abiertas o por abrir.

Con respecto a la deuda, se espera por lo menos que exista un alargamiento de los plazos. La existencia de cláusulas de acción colectiva es un elemento importante. Si una cierta mayoría de los tenedores de la deuda acepta un cambio en las condiciones, el resto también tiene que aceptarlo. En todo caso, hoy está planteada una negociación profunda, que tendrá efectos en lo inmediato pero que demanda pensar la situación en términos de la solvencia a mediano plazo, lo cual depende de nuestro potencial de crecimiento y, a su vez, del comportamiento de la oferta de dólares.

O sea que la evolución de las exportaciones va a ser uno de los elementos más importantes hacia adelante. Aquí se abren disyuntivas. Las demandas sociales son naturalmente intensas, porque el salario real ha caído y las condiciones de pobreza han empeorado. Por un lado necesitamos un tipo de cambio real compatible con un dinamismo mayor de las exportaciones y, al mismo tiempo, hay que atender la situación social. Ahí hay un sendero estrecho que va a requerir mucha atención para transitarlo.

– ¿Dónde debería ubicarse entonces el tipo de cambio?

– El tipo de cambio ya ha subido en los últimos tiempos. El siguiente cuadro muestra la distribución de frecuencia de los niveles del tipo de cambio real. Como se ve, es un dibujo bimodal. El modo de tipo de cambio más bajo corresponde a la época de la convertibilidad y años recientes de atraso cambiario como fueron 2015 y 2017. El modo de tipo de cambio alto corresponde con los años ´80, antes de la hiperinflación, una época de crónica escasez de divisas. Hay un hueco de frecuencias entre esos modos, marcando que la economía históricamente transitó entre períodos de dólar bajo y de dólar alto, sin detenerse en algún punto intermedio. Actualmente, estamos por arriba de la media histórica, algo por debajo del modo de tipo de cambio alto.

El cuadro muestra la distribución de frecuencia de los niveles del tipo de cambio real de la Argentina

Como suele ocurrir en las crisis, el precio del dólar es un gran foco de atención. El tipo de cambio tiene un aspecto más allá de la coyuntura, vinculado con la capacidad para generar las exportaciones que cubran los requerimientos de divisas a un nivel aceptable de actividad interna, y otro aspecto vinculado con las condiciones de mayor o menor incertidumbre que operan sobre la demanda de activos externos. Hay por delante un período de búsqueda de un contexto macroeconómico donde el tipo de cambio facilite un flujo de exportaciones sostenido mientras se moderan las presiones devaluatorias de tipo financiero. 

– ¿Cómo se relaciona esta crisis con las de 1989 y 2001?

– Es interesante cómo en una situación de crisis se reactivan recuerdos de hace unos cuántos años, incluso en personas que probablemente no vivieron, por ejemplo, la hiperinflación. Décadas atrás, también podía emerger el recuerdo de la depresión de los años ´30. Es natural que uno busque analogías, pero también conviene reconocer diferencias.

La hiperinflación se generó en una economía que durante 15 años tuvo una inflación anual que sólo en dos de esos años fue inferior a 100%, y por poco. Esa economía estaba formateada para operar con muy alta inflación, Obviamente que la inflación actual es alta, pero las condiciones son bastante distintas que aquellas, sujeto a que el mercado de cambios no tenga grandes sobresaltos.

Desde el punto de vista de 2001, un elemento importante es que durante la convertibilidad los bancos habían otorgado muchos créditos en dólares a personas que generaban ingresos en pesos. Había un desajuste entre la moneda de denominación de los créditos y las posibilidades de los deudores, por lo cual si el tipo de cambio subía, el problema de repago de las deudas bancarias iba a ser necesariamente muy grave. Eso dio lugar a la ruptura de contratos y a la pesificación. Hoy aquel descalce no es así de severo y la fragilidad financiera es menor, aunque sea a costa de que el volumen de préstamos sea muy chico.

En una crisis, las cosas siempre pueden desmadrarse, pero no es la situación de 1989 ni de 2001. De todas maneras hoy tenemos una gran incertidumbre porque redefinir toda la deuda pública es una operación complicada e incierta. Imagino que en los próximos meses al menos vamos a tener una idea de para qué lado va a ir la política macroeconómica. Supongo que uno de los objetivos principales será contener las posibles inestabilidades que puedan surgir.

– Así como tenemos el recuerdo de la hiperinflación y del 2001, también está presenta la memoria sobre la rápida recuperación que tuvo economía a partir del 2003.

– En 2001 partimos de una situación extremadamente comprimida en cuanto al nivel de actividad, los salarios reales y el panorama del empleo y la pobreza. Ahora estamos preocupados, con razón, por un desempleo arriba de 10%, pero en 2002 teníamos más del doble de desempleo y cerca de 50% de pobreza.

“Hoy la situación es menos extrema (que en 2001), pero seguimos en zona de turbulencia. Todavía queda por delante ir moderando las tensiones macroeconómicas, especialmente en cuanto a los problemas de deuda y del mercado de cambios, como para ir encarando una recuperación”.

Pese a la enorme devaluación de 2002, en ese momento tuvimos un lento traslado a precios, por la retracción de la demanda y el desempleo. Además, la memoria de la estabilidad de la época anterior hizo que, aunque en cuanto a ahorros la métrica de referencia siguiera siendo en dólares, en términos de precios se pensara en pesos. Mientras tanto, el salto del tipo de cambio revalorizó la magnitud en pesos de las reducidas reservas que quedaban, y también aumentó bruscamente el poder de compra interno de las exportaciones, lo que permitió la aplicación de retenciones. Eso contribuyó a estabilizar la situación fiscal y monetaria, partiendo de un estado crítico. Al frenarse la suba del tipo de cambio, en un contexto algo más calmo, se dio una recuperación de la demanda interna, arrastrada por quienes habían aumentado el valor real de su ingreso, los tenedores de dólares y los exportadores, que fueron los grandes beneficiados por la devaluación. Eso dio un margen de repunte al gasto, con una oferta capaz de responder fuertemente, por la gran capacidad ociosa y la cantidad de trabajadores ansiosos por emplearse.

La recuperación de 2001-2002 fue sobre una base bajísima. Partimos de un producto atípicamente reducido y un tipo real de cambio atípicamente alto. Hoy la situación es menos extrema, pero seguimos en zona de turbulencia. Todavía queda por delante ir moderando las tensiones macroeconómicas, especialmente en cuanto a los problemas de deuda y del mercado de cambios, como para ir encarando una recuperación.

– ¿Cómo podemos proyectar nuevamente un crecimiento?

– Hay mucho trabajo por delante. Estamos en crisis y llevamos un largo tiempo con una economía estancada. Lo primero es ir disipando la incertidumbre inmediata y empezar a perfilar un esquema de funcionamiento que permita satisfacer las restricciones externas y fiscales con un nivel sostenido de gasto y de actividad. Otra vez, para eso es crucial el comportamiento de la oferta de divisas y específicamente de las exportaciones.

No se avizora un sector único que vaya a dar por sí mismo el impulso necesario. Por supuesto, la cuestión energética se ha vuelto un punto focal al respecto: aquí interesa determinar las posibilidades realistas de aporte de divisas netas de remesas al exterior por parte de los operadores internacionales. Por otra parte, el campo es un sector dinámico, con mostrada capacidad para crecer incorporando tecnología, que requiere rentabilidad para operar, pero no puede ignorarse como fuente de recursos fiscales (otra vez, las disyuntivas que marcan a nuestra economía). Además de las exportaciones de granos ha habido una apertura de los mercados de carne, lo cual suma. En servicios también parece haber potencial, y sería deseable que las economías regionales puedan hacer un aporte y que las MOI se recuperen.

En todo caso, parece ser cuestión de ir armando un mosaico de oportunidades y de políticas, con una contribución macroeconómica (vía evitar atrasos cambiarios y dar condiciones para la reanimación del crédito) complementaria de políticas productivas.

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