Crisis económica: La sensación del eterno retorno

Los recurrentes procesos inflacionarios que, al día de hoy, padece la Argentina tuvieron sus particularidades. Sin embargo, hay errores de política económica que se repiten sistemáticamente a lo largo de la historia. El economista Roberto Frenkel analiza la situación y explica cuáles serían las variables que habría que tener en cuenta para evitar estos escenarios.

La Argentina, al igual que muchos países de la región, atravesó diferentes crisis económicas, las cuales incluyeron grandes procesos inflacionarios, además de pérdidas de puestos de trabajo, aumento de la pobreza y disminución de la producción, entre otras variables. Pero más allá de los factores externos, hay otros que parecen tener la marca original de nuestro país. “Hay una variable negativa que se repite siempre, a lo largo de nuestra historia económica, y es el anclaje del tipo de cambio. No conseguimos encontrar otra forma de evitar que haya aceleración de inflación permanente. En cambio, otros países vecinos supieron resolver este problema”, asegura Roberto Frenkel, Profesor Honorario de la UBA, director del Programa de Especialización en Mercado de Capitales y docente de la Maestría en Economía de la Facultad de Ciencias Económicas.

“Para solucionar este problema de fondo hay que tener ahora un saldo positivo en la cuenta corriente del balance de pagos. A largo plazo el balance externo debería estar equilibrado, con un déficit de cuenta corriente que sea compatible con un ingreso permanente de capitales, incluyendo la reinversión de buena parte de las utilidades del capital extranjero, de modo que la deuda se vea siempre sostenible. Muchos de los países con economías sólidas tienen deuda, pero lo hacen de tal manera que esa deuda no se eleva a mayor ritmo que la actividad económica. Ambas situaciones, superávit de cuenta corriente y equilibrio de balance de pagos, a largo plazo, requieren sostener un tipo de cambio competitivo. Un dólar relativamente caro”, detalla Frenkel, quien se dedica a estudiar en profundidad los episodios inflacionarios.

Entonces, la pregunta es: ¿por qué la Argentina es incapaz de tener un tipo de cambio competitivo sin que esto signifique caer en un proceso inflacionario? La respuesta la da Frenkel: “cada vez que tenemos un tipo de cambio competitivo, se genera un movimiento de los precios que termina induciendo a las autoridades del momento a utilizar el tipo de cambio para frenar la inflación. Esto vuelve a generar atraso cambiario y crisis. Lo que obliga nuevamente a devaluar y acelerar la inflación. El país no ha encontrado otra forma de frenar la inflación que no sea atrasando el tipo de cambio. Y eso no es sostenible. Por supuesto que se puede salir de esto. De hecho, todos los demás países de la región lo lograron. Esos países, en los años 90, y después de haber tenido la crisis de la deuda, se las arreglaron para, con gobiernos democráticos, ir bajando gradualmente la inflación sin atrasar fuertemente el tipo de cambio, como hacemos nosotros habitualmente”.

“El país no ha encontrado otra forma de frenar la inflación que no sea atrasando el tipo de cambio. Y eso no es sostenible”

“En los años 2000, con una inflación más baja alcanzada en los años noventa, los países de la región se vieron beneficiados con el boom de las commodities, y lo aprovecharon muy bien, algo que nosotros no hicimos”, aclara el ex Director y actual investigador del CEDES (Centro de Estudios de Estado y Sociedad). Y luego amplía: “Ese atraso del tipo de cambio, que se sostiene mientras se comen las reservas del país, es el festival de los argentinos. La clase media viaja al exterior a precios bajos, los autos están baratos, al igual que todo lo que es industrial, porque nuestros productos están hechos con mayoría de insumos importados. El que quiere ahorrar en dólares puede hacerlo, la inflación se reduce y los salarios reales suben. Y todos contentos… hasta que se terminan los dólares. Otros países no se gastaron los dólares del boom de commodities sino que los guardaron como reservas, o los invirtieron en un Fondo Anticíclico, como hizo Chile.

Frenkel analizó otra característica local: En nuestro país se exportan, principalmente, productos de la tierra, alimentos. “Es una característica estructural muy importante que no la tienen los demás países de la región. Esto hace que el aumento del tipo de cambio se refleje muy directamente en los precios de los alimentos y, consecuentemente, en el poder adquisitivo de los salarios más bajos y en el valor de la canasta básica alimentaria, aumentando el índice de pobreza. El traslado a precios de una devaluación es el más alto de la región”, afirma el economista. Y brinda un ejemplo: “Si se devalúa en Chile, suben los productos de las empresas cupríferas, el salmón, etc. y se encarecen las importaciones, pero el IPC de Chile no tiene mucho componente alimenticio importado. Se importa carne argentina, pero ésta se consume en las clases media y alta e influye poco en el IPC. El resto de los chilenos comen la carne de su país, que no es de muy buena calidad y no se comercia internacionalmente. Por eso, la devaluación no mueve el amperímetro de los alimentos y no aumenta la pobreza”.

Este escenario no se repite en la Argentina. “Acá se exportan productos de la tierra. Es decir, nosotros no comemos la soja que producimos, pero la soja es la que te marca el precio de la tierra, la rentabilidad. Si la soja es tan rentable, por qué vas a sembrar papas. Por eso, el que siembra papas también aumenta su precio, porque le sube la renta de la tierra. Lo mismo sucede con el ganado. La carne argentina no es una commodity. Es un producto diferencial y nos conviene exportarla. Para el consumo interno tenemos que reemplazar los cortes de vaca que se exportan por carne de cerdo, que sí es una commodity. Hay buena carne de cerdo, con buenas proteínas y menos grasa. Y los buenos cortes de carne vacuna hay que exportarlos. No nos comamos lo caro, comamos lo más barato, como hace Uruguay. Y, si uno quiere comer lo que se exporta, lo puede comprar, pero a precio internacional”.

Pero esto no es todo. Las idas y vueltas de la vida política también tienen una clara injerencia en la salud de la economía. “Hace unos días di una charla en la Facultad en la que se hablaba de las expectativas macroeconómicas en periodos preelectorales. Estas expectativas, con inflación y riesgo país en niveles muy altos, solo ocurren en la Argentina. No pasa en la economía de Chile, ni en Perú, que tiene presidentes presos y otro que se suicidó, tampoco en Colombia, donde se volvió a formar un frente armado de las FARC. Si acá llegase a pasar algo parecido, la economía se resentiría muchísimo”, ejemplifica el profesor.

“La diferencia radica en que quienes manejan la economía en estos países son técnicos que siguen una clara política de Estado, y esa es otra gran diferencia. Yo siempre he sido crítico de que los bancos centrales sean independientes, pero en la Argentina queda en claro que habría que tener un Banco Central independiente, que maneje el tipo de cambio y la política monetaria. Además, nunca hemos tenido un Banco Central que sea plural, políticamente hablando. Cada gobierno llega y nombra un nuevo directorio del Central, en general varios, porque los echan en el medio”, sostiene Roberto Frenkel.

Un poco de historia

Durante la década del 70 y buena parte de la del 80 la Argentina sufrió tantas crisis como sus vecinos latinoamericanos. Luego vendrían nuestras particularidades. “Hasta 1989 veníamos con una economía similar a la del resto de la región, con sus sobresaltos. Aunque, para esa época ya habíamos tenido una hiperinflación, situación que compartimos con Brasil, Perú y Bolivia”.

Caros Menem llegó a la presidencia hablando de la revolución productiva, “pero en 1989 se presentó otra hiperinflación y no se sabía qué hacer. Hasta que se decide nombrar a Domingo Cavallo como Ministro de Economía. Cavallo fijó por ley un tipo de cambio atrasado y ahí nos salimos del libreto regional. La convertibilidad fue algo raro, pero tenía mucha credibilidad. Además, se dio un escenario particular, en el que hubo un gran flujo de capitales hacia los países de la región, lo cual hizo que se sostuviera tanto tiempo. Caso contrario no hubiera durado más de dos años”, analiza Frenkel.

“Más adelante tuvimos la crisis recesiva de 1996 y salimos enseguida, pero en 1997 y 1998, años en que crecimos alrededor de 6%, pese al alto ritmo de expansión estábamos en un 13% de desempleo. Eso fue la convertibilidad. Paró la inflación, pero la apertura con tipo de cambio muy apreciado liquidó empleo industrial y empresas. Nos dejó solo con industrias armadoras, que es lo mismo que tenemos hoy. Por eso tenemos tanta dependencia de las divisas extranjeras, porque cuando levantó el nivel de actividad, nos llenamos de importaciones. La convertibilidad acabó con la inflación, pero fue un desastre desde el punto de vista social y económico”.

“Los demás países de América Latina también pudieron reducir la inflación en los años noventa, pero sin pasar por el trauma económico que vivimos los argentinos, porque lo hicieron de una manera más sana. Lo que pasa es que, a países como Chile o Colombia, a diferencia de la Argentina, les iba bien antes de entrar al plan Brady. Y luego, las medidas que se tomaron acá fueron caóticas y poco racionales. En cambio, en estos otros países se formaron bancos centrales independientes, con políticas de Estado, algo que nosotros, al día de hoy, no logramos hacer”, relata el prestigioso economista.

Por último, y previo a la crisis actual, Frenkel analiza lo sucedido a partir de la salida de Fernando de la Rúa de la presidencia. “Con Duhalde primero y con Lavagna después, se quiso revertir este proceso con un tipo de cambio alto. Pero a este buen momento le siguió una suerte de autoboicot, con políticas erradas. Como, por ejemplo, el haber manipulado los índices del INDEC, a partir de lo cual, entre otras cosas, el Ministerio de Trabajo quedó sin ninguna guía seria sobre la cual trabajar. Chocaron la calesita, fue la frase que se me ocurrió en aquel momento para describir lo que estaba haciendo el gobierno de Kirchner”.

“¿Entonces qué fue lo que sucedió?”, se pregunta, y acto seguida ofrece la respuesta: “En las negociaciones salariales posteriores al 2007 se tomó como referencia la inflación pasada, medida por los índices de las provincias, más la tasa de aumento de la productividad, más un promedio de 3%. Cuando se sube el salario a partir de la inflación pasada, se traslada la inflación al presente. Si se le suma a eso el aumento de la productividad del trabajo, el costo laboral unitario y la inflación, se mantienen al mismo ritmo del pasado. Pero si a esto se le agrega más, el 3% anual promedio que mencioné, el agregado se traslada a precios y la inflación se acelera permanentemente. La forma de evitarlo fue atrasar las tarifas y el dólar. Cuando lo echaron a Martín Redrado del Banco Central, se decidió abiertamente combatir la inflación atrasando el tipo de cambio. Durante los dos años siguientes, el dólar subió un 12%, los precios 55% y los salarios 64%. Y encima se congelaron las tarifas, subsidiando a las empresas. Y ahí todo volvió a empeorar”, concluye Roberto Frenkel.

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